Nos vemos en un mes

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Sobre dios y otras ficciones

El hombre universal nace con una intuición de dios. Intuición infantil de un ser inmenso, vigilante: el ojo que todo lo ve. La crianza sirve para confirmar esta noción. Los padres del niño, pertenecientes a alguna facción religiosa, confirman y moldean, antropomorfizan la intuición original: enseñanza adánica; ritual. El adulto le da un nombre al ser supremo para que sea aprendido por el niño en proceso de hombre: Alá, Yahveh, Cristo. Comienzan entonces los ritos de paso: la circuncisión y el bar mitzvá judío, el bautismo y la primera comunión católica, las enseñanzas coránicas para los musulmanes. A través del estudio, la intuición original se convierte en certeza, y la certeza en fe. El hombre no ha visto nunca la más mínima parte de dios pero cree en él; el hombre no ha visto nunca una partícula divina pero siente que existe. Si la crianza no es religiosa, la intuición continúa en el tiempo, y tarde o temprano el adulto se encuentra con dios: no tendrá nombre, pero allí estará y nunca, aunque la voluntad quiera, abandonará la mente que ha conquistado. Así comienza el itinerario del hombre con dios, caminando uno arriba del otro y viceversa; dios sometiendo al hombre a su voluntad, el hombre sometiendo a dios a sus ritos.

La relación no cesa hasta la muerte, donde se intensifica en los minutos finales de la vida. Borges, moribundo, rezará el padrenuestro en anglosajón antiguo, en sus palabras, por si acaso. El ateo extremo, símbolo exagerado e ideal del hombre rebelde, pensará durante la convalecencia en la extremaunción, en el sacerdote que perdonará sus pecados para irse más tranquilo hacia la otra vida, si la hay. Así, la relación con dios es natural. Sea de la religión que sea, ningún ser humano vivirá en la tierra sin haber pensado en dios por lo menos una vez en su vida. El ateo, para ser ateo, tendrá que pensar en dios para poder negarlo: no se puede matar algo que no existe.

Por eso el ser supremo, despojado de nombres pero no de características, es estudiado, diseccionado, puesto en el medio del método científico para convertirse en hipótesis, sistematizado. En todas las culturas existe una exégesis de dios. La mitología griega muestra que los dioses no son sino facultades humanas colocadas en cuerpos divinos, y por lo tanto, lo que fue antes religión se convirtió en mito. Occidente superó este problema a través de la fe. El cristianismo imperial unió la metafísica de Aristóteles con la teología de Tomás de Aquino durante la edad media para fundar una fe razonada. Comienzan los estudios. Al final, la teología construirá un museo de dios. Quienes lo visiten podrán encontrar salas de esquemas, exhibiciones de posibilidades, palabras que podrían ser o no ser, desiertos de respuestas, y sobre todo, más preguntas. Sin fe, dios no contesta: la unilateralidad es condena y misterio.

Pensar en dios es pensar sobre el pensamiento del pensamiento. He aquí la dificultad. La ciencia puede, y lo ha hecho, escudriñar cada centímetro de los diferentes planos humanos del conocimiento. Planos humanos, atención, accesibles a la lupa, a la medición, a los números. Dios es, sobre todas las cosas, imposible y posible a la vez. La ciencia concurre en intentos de acercar la lupa a su rostro, medirlo, intentar contabilizar sus atributos. Intento fallido y logrado, paradoja del conocimiento natural: dios es incausado e infinito, inmutable y simple, único, espiritual, eterno, omnipotente, perfecto bondadoso, perfecto verdadero, absoluto en su totalidad total. La ciencia de dios siempre será imperfecta porque su objeto de estudio es perfecto. Y acceder a la totalidad de la perfección para lograr una fotografía perfecta es imposible. José Arcadio Buendía lo intentó y terminó loco y amarrado a un árbol hablando en latín hasta la muerte.

Y como él, muchos han intentado usurpar la imagen de dios. El hombre rebelde, el artista, el científico, el ateo, el revolucionario, no son más que golpes de estado a esa perfección. Si la intuición de lo pleno es natural también lo es la rebelión. En la relación metafísica del hombre con dios, a pesar de la fe, está latente la reacción ante la libertad coartada por la voluntad divina. Esclavizado, el hombre intenta liberarse sin que dios se dé cuenta. Pero la rebelión es explícita. En el adulto, ya moldeado como imperfecto hombre, se da través de una explosión creativa. Las obras de arte son intentos de superar a dios, de lograr convertir un objeto simple, la naturaleza que el supremo ha pensado, en la causa final perfecta: la torre de babel, la palabra justa de Flaubert, la tragedia griega, los bodegones de Cézanne, los sonetos de Shakespeare, Don Quijote de la Mancha. El hombre es rebelde cuando crea porque el creador debería ser el único exclusivo en crear. Sin embargo, la naturaleza y sus ciclos perfectos, analogías del cuerpo humano, existen para ser utilizados por el hombre, como si dios hubiese previsto la rebelión natural, como si en la voluntad divina estuviese trazado el plan de liberación del hombre por el hombre.

El cuerpo sirve para trabajar inmerso en la naturaleza, la mente para pensar sobre el trabajo y sobre la realidad que lo rodea. La intención, mejorarla. Y en ese pensamiento, escondido, está dios. Porque si dios es el pensamiento del pensamiento, como dice Aristóteles, el hombre es el pensamiento imperfecto del pensamiento del pensamiento perfecto. Si dios se piensa a sí mismo, encerrado en su propia exquisitez eterna, el hombre piensa que algún día podrá pensar que se piensa, y llegar a ser tan perfecto como el pensamiento que lo ha pensado. Mientras tanto, la sociedad se constituye de múltiples intentos de superación divina. El trabajo, las artes, la riqueza, la filosofía, en sus diferentes acepciones y matices, le permiten a la humanidad acercarse a la esencia plena, así sea con el intento imposible de destronarla, como hizo satán; así sea con la voluntad de lograr la teoutopía, ser el reflejo perfecto y puro de la imagen y la semejanza.

Es imposible para mí, entonces, Amar a dios como lo propone el catecismo. Amar con mayúscula, dios con minúscula. Tengo la certeza del concepto, no de la imagen propuesta por la fe. Si tengo que amar algo debo amar al hombre que ama. A sus actos dirigidos a encontrar la esencia final. De eso se trata la vida, la existencia. Porque el hombre está sumergido en el concepto de ser supremo, el motor inmóvil final que todos hemos querido ver desde el principio de los principios: el viaje es interior y peligroso.

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Regreso

El momento de los vivos es limitado. El mundo, fuera de sí, no existe. Todo contiene fronteras, líneas divisorias entre la realidad y la nada. El hombre es el ser más limitado que es: no sabe de su presente más de lo que indican sus sentidos, no puede aprehender la infinitud del conocimiento. Sin embargo, lo intenta: lee, escribe, pinta, hace negocios, lucha por su libertad, canta, hace el amor, sueña: el mundo se deslastra de sus fronteras y se hace infinito, ilusión de vastedad, máscara como explanada de significaciones.

Para los muertos, en cambio, las fronteras no existen; todo, efectivamente está contenido en su reino. Los malvados, los buenos, los héroes, los Amantes, los eunucos, los tísicos, los reyes, los comandantes de guerra, los pervertidos, los dioses o el dios: en el mundo físico no viven las divinidades, no quieren, choca su amplitud con la poca cosa que es la tierra. Sí, es posible decir que respirando los mismos personajes pululan entre nosotros. Pero el matiz es explícito. Los muertos saben más que los vivos. Conocen cómo, dominan el tiempo y lo extensivo, saben qué hay más allá de las fronteras, podrían decirnos si es placer o condena lo que existe cuando el tiempo nos cierra los ojos. Sin embargo, los muertos callan a menos que se llame su atención. No dirán palabra, no les importamos, viven en una realidad más plena que la nuestra, tienen consciencia inmensa de lo que es el mundo al cual ya no pertenecen. Somos olvidados por ellos: víctimas vivas, nos gusta recordarlos, llorarlos, lamentarlos para siempre. Son el futuro final mientras que nosotros somos el presente acabando.

Sinónimo de vida es pre-muerte. Vivimos los días en el estado aproximado al límite. Así, todas las ciudades son Ciudades de la Muerte, todos los besos quizás los últimos, el contrato conclusivo se firma cada segundo. Respiración final: el último aire, la bocanada terminal. El estado de presente se hace crueldad del tiempo: el cuerpo no se proyecta, camina sí, pero encerrado, la imaginación, interna y en secreto, es la única alada.

En su rebeldía, el hombre niega este estado. Se dilata, se hace expansión del universo, quiere hacer de su existencia no una pre-muerte sino una post-vida. Esta actitud vital es un regreso a las conversaciones con los muertos. Quizás dentro de cada cuerpo humano habitan las almas que han terminado el tiempo, y así, las conversaciones diarias no son más que recuerdos de diálogos antiguos. La intuición ataca con verdades jamás asimiladas, conocimientos que dictan, como si la experiencia fuese parte de algo no vivido: contradicción en sí misma: sabemos lo que no hemos aprendido. ¿Hemos estado rememorando o escuchando proyecciones del futuro?

Los hombres siempre regresamos a los lugares que no hemos conocido. Estamos a la vuelta de la esquina, esperando que la calle se abra para pasar. Y desde el presente no podemos saber qué se abre más allá de la línea, qué es y no es, si morimos por necesidad o tedio. Ítaca está allá y estaba acá, vive en los dos planos, regresamos cuando nos estamos yendo: escuchar a los muertos, volver a los ancestros es vital para no perder el momento de los vivos, nuestro ahora tirano: el presente que es pasado que es futuro.

 

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Belleza del silencio

Vivir en la poesía. Existir en el pensamiento como Anaximandro, una de mis últimas obsesiones. Inventar a dios de nuevo, rehacerlo sin tantos errores humanos. Escribir palabras nuevas para sentimientos nuevos, explotarlas en su cauce de certezas y desvíos.

Tengo treinta libros que escribir desde mis 25 años hasta mis 96. Nueve novelas, quince poemarios, cinco libros de ensayos líricos, un tomo de metafísica utópica.

Moriré a los 96 años, lo sé. Ni más ni menos. Un 10 de agosto moriré.

Feliz, sereno, nunca en paz porque para el momento de mi muerte tendré treinta libros más por escribir.

Encerrado en mi habitación junto a mis libros y mi familia será hora de irme de la tierra. Jamás solo. No moriré solo. Porque a diferencia del lugar común un escritor nunca está solo. Ni dios ni los demonios lo acompañan.

Ah, las Palabras, los temblores.

Su silencio de ondas…

Su aroma de violencias íntimas.

Rocíos vertidos desde sus poros.

Quiero terminar mi vida con los dedos puestos sobre las letras. 

Feliz. Haciéndome la definición de felicidad.

El meñique en la ñ. Letra única. El pulgar en la barra de espaciado.

Y que tal vez estas sean las últimas palabras de ese libro final y amado sobre el que he decidido morirme:

“Y pensar que después de la tierra no hay sino silencio. La belleza del silencio. La belleza de las palabras retumbando resonantes como un latido. Nada más que la más pura belleza para siempre”.

Y no más. Más nada.

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Cuatro reflexiones para una democracia intelectual

 

“Solo soy algo mientras pueda seguir siendo nadie”

Feuerbach

 

  • Entender que todo campo social –desde Bourdieu- es un sistema de relaciones de poder. La jerarquía es inevitable. Unos tienen el poder, otros lo buscan. Todos queremos, dentro del campo intelectual fuera de las universidades (el de los escritores y artistas) estar en el centro, ser foco de atención, tener la última palabra. Queremos subir los escalones y posicionarnos en la cúspide intelectual: ser escuchado, ser leído. El proceso natural del campo social indica que empezamos a escribir cuando existimos, cuando nos hacemos visibles ante los demás. De lo contrario, sustraídos, terriblemente en el margen, nos hundimos en la desesperación de la necesidad de un trozo de existencia, ser vividos por los demás y olvidarnos de nosotros mismos.
  • ¿Dónde está la autenticidad? ¿Por qué tenemos que sucumbir ante la fuerza del campo intelectual, a los procesos de legitimación propuestos para mantener y conservar la cultura institucionalizada? ¿Quién dicta las reglas y por qué las seguimos? La sociedad intelectual, entonces, se convierte para el artista en un monstruo para atacar y para amar, luchar a muerte se hace obsesión: vivir para el nuevo proyecto del artista que intenta romper la barrera, penetrar: un capital social denso, fundamentado, es para el campo intelectual la entrada sin violencia; es decir, sacrificamos la autenticidad para ser vistos, aunque adentro no queramos mostrar lo que mostramos: la terrible sensación de que hemos dejado de lado el proyecto artístico, genuino en la soledad y la locura, por una creación de capital continua y agotadora.
  • Propongo, desde el margen, romper la legitimación, abrir las fronteras que permitan incluir a todos los artistas en sus diversidades. La obra de arte es valiosa en sí misma. El campo intelectual venezolano, y por qué no el gran demonio universal de la cultura, es un totalitarismo mediocre, donde se juzga al artista por su capacidad de relacionarse socialmente, no por su forma y su trazo, o su estilo; jamás por su profundidad artística. Necesitamos con urgencia destronar las barreras de la ignorancia pedante, y mostrar con libros e historias que la única función del arte es liberar al hombre de las cadenas sociales que él mismo se ha impuesto.
  • Como en democracia, que sean permitidas todas las disidencias artísticas posibles, que podamos fundar nuevos campos intelectuales donde todo se pueda decir y hacer sin restricciones; que la poesía y la literatura vuelvan a ser el norte auténtico y se olviden las diferencias de origen o tendencia narrativa. El arte no es esclavo del poder. Democratización profunda, que nunca más sean olvidados los poetas por su necesidad de apartamiento. Que la poesía sea la marca de distinción, el hecho artístico como huella humana irrepetible y duradera, nada más. El artista es la actualización de la frase de Feuerbach: ser algo, arte, obra; siempre nadie: interioridad creadora inmersa en el océano de la apertura mental.

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Libertad o barbarie

Quien se moleste por mis palabras se encontrará de frente con la bandera de la libertad.

No tengo nada que esconder.

Aquí está todo, hirviendo de razones en el fuego.

La hoja de papel es mi amatorio.

Mi lugar humano.

Donde no entra dios si no lo dejo pasar.

Donde todo es química entre las letras.

Quien se ofenda tiene que entender que las leyes del mundo no rigen aquí.

No hay gravedad, ni tiempo.

Mi ser se expresa desde la profundidad, grita alto, y ama lo imposible.

Y los terrores, los rencores, los amores nacen, sobreviven a la realidad de la hoja.

Y se insertan en los ojos más lejanos, aunque arda.

Quizás duela.

No puedo disculparme.

No lo siento. 

Mi poética es la libertad.

Libertad plena, absoluta, radical.

Hoy es un día de pocas palabras y todos los significados.

Mi epitafio es Fuego Siempre, es decir, libertad o barbarie. 

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Confesión

Mi nombre es José Soledad y tuve que hacerlo. No quería, o sí quería, no lo sé, pero sé que en cuanto tuve las manos llenas y me dejé llevar hasta que los relojes se detuvieron, sentí al mismo tiempo que había cometido un crimen y que luego había llevado mi vida hasta los niveles más altos de la gloria. No me arrepiento. Vivir me ha enseñado a ser un hombre malo. Un hombre bueno viviendo detrás de un hombre malo.

El lobo es el hombre del hombre, no al revés.

He destruido los límites, no más barreras insolentes me asfixian, lo hice con el más impresionante fervor de lo absoluto, con la consciencia plena del hecho.

Y dios en su inexistencia me observó, lo sé. Tengo plena certeza de su mirada de juicio. Escuché sus palabras decirme, en la culminación del crimen, crueles, es más fácil que un rico pase por mi puerta a que tú entres en el reino de los cielos.

Mientras mis manos… escuché… es más fácil…puerta… reino de los cielos.

Al terminar sonreí. No has podido conmigo, señor dios. Hice lo que hice y no pudiste detenerme. Le pregunté en silencio (como a él le gusta) qué se sentía ser un dios cobarde, inaccesible al rayo de Zeus, dios humano en comparación, valiente al manifestar la turbulencia de todo su poder. Le reclamé su uniformidad y sentí lástima de su esencia infinita.

Ah, señor, si por lo menos tuvieras un cuerpo… tendrías manos… harías.

Me divertí pensando que si no fuera por mí no existiría. Yo decido su existencia.

Y escribo esta confesión porque no sé a quién acudir. A ninguno de mis amigos puedo confesarles en persona mis temores porque sé que me desterrarán de su presencia de inmediato. Después de que salga a la luz pública lo que hicieron mis manos seré aislado de toda la humanidad. Escuchen bien, ahora lo entiendo, lo que hicieron mis manos, no lo que hice yo.

Yo no soy mis manos.

Pertenezco a ellas.

Tienen vida propia.

Acarician lo turbio sin pedirme permiso.

Dicen te amo sin consultarme.

Rompen y destruyen cuando quieren.

Crean todas las noches sistemas planetarios.

Seré apartado de todos por culpa de sus acciones. Y mejor así, pienso ahora, porque ya no sé mirar dentro de otros ojos. De todas maneras  no ha cambiado nada y  todo ha dado un giro magistral. Sí se puede ser y no ser al mismo tiempo. El hombre es todas las esencias en un instante corporal.

Sigo teniendo esperanza en la humanidad. Esta confesión no es solo un relato de mis pesares sino la rectificación de los hechos: decirlo todo, como he prometido, es suficiente.

Mis palabras son para los afectados. Todos aquellos que hoy detuve con mis actos, malogré con mis acciones. No me arrepiento, repito. Soy libre. Y mi libertad no es negociable. Y tampoco mis deseos. Soy la utopía de mí. Dios no pudo detenerme. Su indiferencia tiene que significar algo más que cobardía. De aquí en adelante solo queda el camino para trabajar. Y si tengo que volver a hacerlo lo haría, es decir, si permito que mis manos vuelvan a tocar las dejaría. No me atrevo a traicionarme. No. No más.

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La historia de mi familia (Última parte)

El deshonor de mi hermana contribuyó a que la atención pasara a mi hermano.

Pobre de él.

De Alberto nunca sabía nada concreto porque todas las semanas era un hombre diferente: una semana era comunista, la otra comerciante; luchaba contra el gobierno, votaba contra él en una elección, se inscribía en el partido oficial a la semana siguiente; odiaba a Albe por su traición, la amaba por su belleza; quería ser ingeniero, luego artista. Así sucesivamente. Ahora está en una esquina viendo hacia la pared, esperando a que llegue el momento del televisor. De él no conozco sino el silencio.

Su estado de vida es cambiante, camaleónico.

Alberto, que siempre seguía las reglas del bien y de la rectitud de la vida, no permitió semejante mezcolanza de estilos, la vida de contradicciones. Lo sentó a la mesa, donde se conversan- conversaban- asuntos serios, delicados.

Alberto, lo que estás haciendo es grave, le dijo. En este país quien no se pudre en la monotonía de la estabilidad, no gana plata, no vive, no come, se muere. O te pudres con plata, pagas tu propio entierro, dignamente, o mueres como los perros, siendo artista, empleado y basurero. Esas son actitudes de venezolano, remató, no seas uno de ellos.

De todos los que habitan mi casa, Alberto es la que siempre ha entendido (tal vez finge, no lo sé), las enseñanzas doctrinales de mi papá. Hace algunos meses, cuando la crisis chocó con el país, tomó medidas estrictas en consideración a la gravísima situación familiar a la que estaríamos por enfrentarnos.

Nadie sale más nunca a ninguna parte, dijo, nadie. Solo Alberto saldrá para traernos el dinero, el pan, el sustento. No vivir como venezolanos implica no tener que relacionarnos con la realidad exterior, la realidad incompleta del pobre, del mestizo, del malandro. Afuera la barbarie. Adentro la civilización. No hay nada que buscar en las calles. En esta casa se encuentra la felicidad.

Alberto aplaudió la decisión.

Albe no terminaría la universidad, mi madre le enseñaría la carrera de derecho: su función en la dinámica familiar sería resolver, mediante leyes escritas por Alberto, las confusiones y los problemas que se ocasionaran.

Alberto tendría que escoger una sola de sus ocupaciones, una sola y nada más, la que él quisiera: se dedicaría desde ese día hasta el día de su muerte solamente a cortar el pan, si esa actividad era la escogida.

A mí, que he tenido toda la vida facilidad para la lectura, se me otorgó la tarea del entretenimiento. Los libros impresos en Venezuela fueron prohibidos, defenestrados. No pude hacer nada al respecto. Quedaron unos pocos de autoayuda, algunas novelas infantiles en inglés. Diariamente éramos convocados para lecturas familiares, de las mismas novelas, una y otra vez.

Alberto prohibió también el conocimiento de noticias. Los canales nacionales fueron bloqueados junto a los noticieros.

Nos encerraron lentamente en el violento círculo de la ignorancia.

Hemos intentado rebelarnos ciento cincuenta veces, fracasamos en todas las oportunidades.

La primera vez rompimos una ventana para poder salir. Darnos cuenta de que la altura de un edificio es determinante a la hora de un escape es un golpe duro, piso catorce. Fuimos encerrados en el cuarto cárcel, dispuesto para todo aquel que decidiese romper las cadenas de salvación que nos fueron impuestas por nuestros padres desde el amor. El remedio fue mejor que la enfermedad:

¿ustedes quieren ser venezolanos?, nos preguntó Alberto, parada junto a Alberto, vean esto: a continuación las luces fueron apagadas y el televisor proyectó las últimas imágenes de la violencia en la que últimamente estaba sumido el país al cual ya no pertenecíamos.

Para nosotros, luego lo discutimos, esas imágenes nos proporcionan una tensa calma, pensar que todavía existimos y que esa violencia que vemos allí es nuestra y de nadie más y que nunca nadie podrá quitarla de nuestras manos por más que nos encierren. Ciento cincuenta veces hemos fracasado para ser encerrados allí y ver y sentir y tocar nuestra violencia.

La admiramos.

Nos masturbamos con ella,  aquí encerrados, los tres.

Albe se peina después de hacerlo. Alberto se aísla en la esquina. Yo miro por la ventana los carros pasar.

Mañana es domingo.

Si la abuela ha muerto no lo sabremos.

No importa. No iremos a visitarla.

Tal vez salga en las noticias de mañana en la noche la información de su asesinato.

Tal vez no.

No importa.

Mañana a esta misma hora estará prendido el televisor.

FIN

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La historia de mi familia (Segunda parte)

Así es él, Alberto. Su madre, mi abuela, es peor.

Hace cuatro años sus amigas decidieron que era correcto y estaba bien para su grupo social encontrar un hombre joven, seducirlo, y casarse con él como un trofeo. Tenía que ser muy joven. Máximo treinta, no más. Mi abuelo había sido olvidado hace muchos años, el recuerdo era parte de la oscuridad de una vida que ella ya no profesaba. Mi abuela y sus amigas no vivían de sus maridos, no los utilizaban, no tenía que ser ricos, solo jóvenes. Todas se enfundaban en ropas de gimnasio, apretaban sus cuerpos temblorosos, decían palabras de experiencia, y sus compañeros de ejercicio caían en el juego de la seducción de lo senil. Anualmente se reunían todas en algún lugar secreto para comparar a sus hombres. La que tuviese el más joven y guapo era galardonada con el premio de “abuela del año”.

El problema de Alberto, caso único entre sus amigas, fue su profundo enamoramiento del hombre atrapado. Comenzó a estar con su trofeo día y noche, nos obligó a llamarlo abuelo, hasta empezó a hablar como él. Por cada palabra intercalaba  marico con intensidad.

Marico, me decía, ¿comiste?; ¿quieres que te prepare algo, marico?

El colmo llegó cuando nació Alberto, mi hermano menor.

Estábamos en la clínica esperando a que saliera mi mamá con el nuevo Alberto de la familia. En el medio del pasillo nos acercamos para verlo cuando la camilla se aproximaba. Mi abuela fue la primera que habló:

Marico, mira, marico, qué bebé tan marico.

Alberto nos obligaba a ir a casa de la abuela todos los domingos. El horario de visita era de 7 a 9. Íbamos, desayunábamos, intercambiábamos algunas palabras con el abuelo, le contábamos a la abuela las noticias de la semana, y en dos horas exactas entrábamos al carro para venir a la casa. Todos los domingos. Todos. La misma rutina, el mismo desayuno. La razón de Alberto ante la monotonía de la situación estaba marcada por el cambio y la evolución: en Venezuela nadie se ama, todos se odian; en nuestra familia, por lo menos, tenemos la intención de pintar el odio con grandes capas de  profundo amor edulcorado.

Así vivimos. Ah, mi hermana.

Cuando creció, a Alberto le comenzaron a molestar las visitas a casa de Alberto. Que si sus amigas del colegio se levantaban a las siete para ir al gimnasio, que si no había internet, que si a las siete subiría al Ávila, su entrenamiento era muy importante. Alberto, después de meses y lágrimas y pataleos constantes, cedió. Le permitió faltar un domingo de cada mes a la visita. Alberto se puso contenta, saltó a los brazos de mi padre, y le dio un beso sonoro en los labios.

Gracias papi.

Hace poco me confesó que ninguno de sus planes se había efectuado y que se quedaba durmiendo los domingos hasta las nueve porque cuando creciera y se fuera de la casa su única función en la vida sería dormir, comer y pasar todo el día en la cama y que las faltas a la visita eran la única forma de practicar.

Alberto, siempre con su delantal puesto, se quedaba en la casa cocinando y lavando la ropa, no le decía nada para no tener conflictos con su hija, la única hembra de nuestra familia de animales.

Mi hermana no se termina.

En el colegio, todas sus amigas le decían Albe. Le gustaba. Alberto le bordó un gran letrero con su nombre en letras rosadas. Mi padre no estuvo de acuerdo. Le pareció un insulto al nombre familiar: los diminutivos, dijo, hacen diminuta a la gente. Es como si a mi me dijeran Albertico. Nadie me respetaría. Los diminutivos son cosas de ignorantes y venezolanos.

Tuvo que aceptarlo.

Todos lo hicimos.

De todas formas, decía Alberto, con sus dedos aferrados al cigarro, te sigues llamando Alberto. Lo dice tu cédula.

Pronto la idea comenzó a germinar en la mente joven y femenina de Albe. Pidió un cambio de nombre para su cumpleaños, negado. El calendario de efemérides se llenó de peticiones y llantos: navidad, el día de la juventud, el día de la raza, el 19 de abril, quiero un nuevo nombre, quiero un nuevo nombre o me mato.

Cuando Albe cumplió los 18 años conquistó el primer y único paso de la imposible independencia. Fuimos al registro principal de Caracas y en una mañana completa, de cuatro y media de la mañana hasta el mediodía, Albe pudo cambiar su nombre. Como todos sus contactos la tenían registrada como Albe, decidió cambiarse una sola letra, la última. Terminó por llamarse Alberta Alberto.

No quiero crear caos en mi círculo social por esta situación, me dijo, de regreso a la casa. No es justo para todos mis amigos.

Alberto supo la noticia de boca de Alberto, la primera persona a la que informamos del cambio. Mi papá sintió el cúmulo de la traición femenina en la sangre: para enfatizar el dramatismo de los pecados, de la gran traición, recortó la cara de Albe de todas las fotos familiares que reposan en la sala como el memorial de la familia. Sus imágenes de recién nacida se convirtieron en cuerpos sin rostros. En los recuerdos de los viajes estamos todos los Albertos menos ella.

Tus actos son de venezolana, de india, de colombiana, de azteca, le dijo, en el fervor de una pelea. No puedo creer lo incivilizada que eres, lo poco universal que te comportas.

Albe se entregó de lleno a su carrera y a sus nuevos amigos. Dejó de hablarle a mi padre.

El deshonor de mi hermana contribuyó a que la atención pasara a mi hermano.

Pobre de él.

Continuará

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La historia de mi familia (Primera parte)

 

La historia de mi familia es un ejercicio de la imaginación. Después de vivir tanto tiempo viviendo entre estos animales, no sé cómo ni por dónde comenzar. Creo que mi madre es un buen punto de arranque, pero su actitud de arpía, sus ensoñaciones totalitarias, su dónde estás, con quién estás, por qué estás con quien estás son la base de mi desgracia, y por lo tanto, merecen concluir esta historia. Mejor comenzar por mi padre. Por la época en que tuve uso de razón para recordarlo todo (he intentado olvidarlo, quiero olvidarlo), mi padre, llamado Alberto, apellidado Alberto, decidió cambiarnos los nombres a todos. Fuimos borrados de la existencia nacional y renombrados en honor a mi padre, Alberto Alberto. Cuando digo todos, es todos: mi hermano, mi hermana, mi madre, mi abuela paterna, el perro y yo. Explicarme es difícil, pero según entendí algunos años después, mi padre lo hizo por una razón de consciencia nacional: la familia, los nombres que nos habían puesto originalmente, la estructura de nuestras identificaciones sonaban demasiado venezolanas: Enrique Andrés, Claudia Estefanía, Mariela Dolores, Pedro Antonio. Para él era inconcebible que nuestra familia se pareciese a otras familias. Me da asco, decía, me da asco la tradición venezolana de nombre, segundo nombre, apellido, segundo apellido; simplificamos las cosas para el bien de nuestra familia: el progreso está en la sencillez con que se abordan las situaciones, mira a los Estados Unidos: John Smith, Paul Johnson. Si ellos conocieran el sistema que he impuesto para el bien común lo tomarían. Smith Smith, Johnson Johnson. La felicidad de la simplificación. Te digo, y miraba a mi madre a los ojos, indolente: por culpa del sistema de identificación venezolanamente bárbaro, las cosas en este país están como están.  Así, en un momento determinado de mi vida me llamé, me llamo, todos nos llamamos, Alberto Alberto.

Al principio, la dinámica familiar fue complicada: la estabilidad del nombre trajo consecuencias en nuestra forma de convivir: la distribución de los quehaceres hogareños, organizados en días, tareas y responsables confundió a todos, así que durante muchos días estuvimos haciendo la misma tarea todos al mismo tiempo, descuidando las otras. Cuando la lista decía, por ejemplo, “Lunes-Baños-Alberto”, todos, a distintas horas del día, lavábamos el baño. Cuando llegaba del colegio me recostaba un rato y limpiaba un baño ya limpio. La situación fue mejorando poco a poco. Entendimos que la lista estaba hecha de forma perfecta para nuestra familia. Aprendimos a preguntarnos, ¿ya bañaste al perro, ya sacaste la basura? El sistema que impuso mi padre comenzó a funcionar hasta adecuarse a nuestra inteligencia.

A pesar del mejoramiento de la situación de los quehaceres, otros problemas, las llamadas, los sonidos, el nombre retumbando comenzaron a causarnos incomodidades. Cuando Alberto nos llamaba, Albertoo, los que estábamos en la casa íbamos hasta la fuente del llamado. Nos tropezábamos por ver a qué Alberto había llamado Alberto. Me refería a ella, decía Alberto, mi padre, refiriéndose a mi hermana. ¿Cómo es que no entienden? Le molestaba a mi padre que su sistema de simplificación del nombre no pudiese ser entendido por venezolanos como nosotros. Así nos llamaba. Para no crearle más molestias (su mal humor es tóxico: mestizo, latinoamericano, indio, nos dice cuando no hacemos las cosas a su manera), Alberto y yo nos reunimos una noche a clasificar los tonos en que éramos llamados, los matices en la voz de Alberto. Así, cada uno podría identificar si efectivamente era o no llamado. Alberto se sentó en la cama y se quedó en silencio. Su mirada de niña hecha mujer penetraba las paredes, buscando el sonido. Alberto por fin llamó, Albertoo, con un tono suave, cálido, erótico. No nos movimos. No era con nosotros. Mi madre subió las escaleras, entró al cuarto, dijo qué se te ofrece. Escuchamos la puerta cerrarse. Anotamos la forma de llamada de mi madre. Así estuvimos varias noches, oyendo, clasificando como antropólogos de la familia. Cuando terminamos, en una de las cenas, cuando ya se había ido mi padre, comentamos los resultados con el resto: a ti te llaman así, duro; cuando está molesto te llama de esta forma; el llamado que alarga las vocales significa, para ti, que Alberto está juguetón y quiere fastidiarte. Todos entendieron el trabajo que hicimos mi hermana y yo. Habíamos superado la barrera comunicacional impuesta por mi padre.

Así es él, Alberto. Su madre, mi abuela, es peor.

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